1 dic. 2008

Y un lobo se cruzó en el camino de un maltratador...


Unos gritos despiertan a la noche, la luna llora, bañando el cielo nocturno de estrellas y es que una mujer esta sufriendo los maltratos de su esposo. De su esposo, aquel que le juró amor eterno, aquel al que no le importaba lo que la vida le deparase si podía estar al lado de su amada. Juró amor hasta que la muerte les separase y esa noche la vida de su esposa tocó a su fin a manos de un desalmado que no está dispuesto a seguir amando. Los golpes de la vida son duros, pero por muy difícil que se postre la vida ante una persona esta no debe nunca renunciar al amor y menos aun, uno nunca debe matarlo, pues condena la única posibilidad de alegrar su vida día a día. Un hombre se encuentra desamparado en la noche, se había desahogado de cada golpe que le propinaba la vida golpeando el amor hasta matarlo, en lugar de guarecerse de los golpes de la vida bajo los brazos del amor. Llora arrepentido, pero ya es tarde, es tarde para comprender que ha matado aquello que le mantenía con vida. Sale a la calle arropado por la oscuridad de la noche. Tiene prisa por llegar hasta ningún lugar, choca fuertemente contra mi hombro. Los rayos de la luna dejan mi rostro visible. El hombre ve mi rostro, serio, inexpresivo. Mi mirada lo atraviesa, sin decirle nada el hombre empieza a darse cuenta de todo, huelo sus nervios. El hombre ve en mis ojos la condena, la condena que el sabe que se merece por sus actos. Ve la ira y el desprecio con el que sabe que le mirarán el resto de personas. Me da un empujón y vuelve a subir a su piso. Contempla el cuerpo sin vida de su mujer, no puede quitarse mi mirada de la cabeza. Se escucha un aullido en la calle. Seguido de un grito de dolor y agonía. Otro cuerpo cae muerto al suelo, pero a diferencia del primero este ya estaba muerto antes. No fue mi actitud desafiante la que lo mató, fueron sus actos que reflejados en mis ojos le hicieron volver a la vida el tiempo necesario para tomar la decisión de quitársela. Al final la noche no pudo dormir y la luna no dejó de llorar bañando el cielo de estrellas y es que dos cuerpos habían sucumbido ante la dureza de la vida. Uno de ellos fruto del desespero de un pobre desgraciado, el otro fruto de su desgraciada vida. Un lobo avanza impasible por callejones oscuros, arropado por la luna y las estrellas, aullando, lamentándose del final tan innecesario que había tenido aquella mujer ¿y del hombre no se lamentaba? No, el hombre había elegido su destino, ella no. El hombre abuso de su poder, ella no. El hombre no era más que un perro, ella no. El hombre la odiaba, ella a él no. El lobo se pregunta ¿Qué hubiese pasado si le hubiese lanzado la mirada al hombre antes de que decidiera matar a su esposa?

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