17 abr. 2009

Capítulo 6: El día de la partida.

“A los osados pertenece el futuro, cuando no podemos soñar más, nos morimos.”

“Si no logras adaptarte a este mundo, solo te queda una opción, cambiarlo.”


El día de la partida.

El frío mes de noviembre bañaba las calles de Madrid, el sonido de los cañones y los disparos despertó a mi hermano pequeño que lloraba desesperadamente sin ser consciente de la situación que se estaba formando fuera de la casa. Escuché las que fueron las últimas palabras de mi padre, remitidas a mi madre “Coge a los niños y dirígete al horno de la esquina, allí os espera un camión que os llevará a un lugar seguro, est
á ya todo preparado. Yo, he de quedarme a defender a mis camaradas y a mis ideales, me niego a vivir como un sucio perro a las ordenes de cualquier bastardo.” Cerró de portazo y no volví a verle, ni siquiera se despidió de mí, supongo que por miedo a llorar en mi presencia, como lo estaba haciendo mi madre en aquel momento. Escuchaba los sonidos de las sirenas, como si de una manada de lobos que llorase de tristeza se tratase. Yo no entendía nada, pero el estridente sonido de disparos y cañonazos procedente de la calle me hacía pensar que el infierno se había levantado en aquella humilde calle de Madrid y tenía miedo, mucho miedo. Mi hermano y mi madre no dejaban de llorar y eso no ayudaba a calmar mis nervios, lágrimas de incertidumbre y miedo resbalaron por mi mejilla. Ayudé a mi madre como pude a cargar con el escaso equipaje. Con desconfianza salimos a la calle, mi madre con mi hermano en brazos miraba a todos lados en busca de la cruel mano de la muerte, que nos acechaba por todos los lados. Me fijé en un gran cartel que ponía “No pasarán”, en aquel momento pensé que aquel cartel iba dirigido a los demonios y que el Apocalipsis se cernía sobre Madrid. Mi madre empezó a correr hacía el horno de la esquina, tirando fuertemente de mi brazo. No me di cuenta, en aquel momento, pero mi madre se fijaba en los rostros de los cadáveres que se encontraban dispersos por la calle, con las camisas empapadas en sangre, lo último que deseaba ver era un rostro conocido como el de mi padre. Por fin llegamos a un camión repleto de gente, mujeres y niños mayoritariamente, algunos de mis amigos se encontraban en el camión, lo cual me alegró bastante. El camión partió al cabo de una hora, se nos hizo eterna. Por fin nos alejábamos del infierno, pero el hecho de alejarse de aquel calvario no alegró a los presentes, al contrarió, les entristeció aun más. Eran conscientes de que muchos familiares se quedarían atrapados en aquel infierno y jamás volverían a verlos. Yo todavía no era consciente de que a mi padre las sombras de la guerra lo iban a devorar para siempre. Mi madre siempre me recordó a mi padre como un hombre valiente que murió por defender la libertad y por llevarnos a un mundo mejor. Un mundo mejor, al cual nos dirigíamos, pero sin su compañía. El aire fresco proveniente del Norte me daba de lleno en la cara, fuese cual fuese aquel mundo, situado al Norte de España, parecía traer la esperanza a todo aquel que hablaba de ese nuevo mundo, tanto era así que empecé a preguntarme si aquello no sería el paraíso o el cielo…
Tras la intensa lectura, los chicos volvieron a quedar en silencio, ahora entendían mejor a los habitantes del pueblo.
El Ingeniero fue el primero en romper el silencio:
Bueno, está claro ¿no?
¿El qué? –preguntó el Sincero tras un pequeño silencio.
Pues que el precio de la gasolina sube por culpa de la migración de las golondrinas, no te jode ¿Qué va a ser?...– El Ingeniero se quedó mirando a sus compañeros, con cara de “venga vamos”, esperando que alguien diese con lo que él ya había dado y era más que evidente. Pero su humor irónico había puesto de mal humor al resto, así que finalmente desveló él la respuesta.– El paraíso al cual se dirigen puede que sea este valle. Tan difícil no era. Estamos al Norte de Madrid, es un buen sitio para esconderse de la guerra y además todas estas cosas están aquí, con lo cual no es de extrañar que viniesen aquí, pensé que ya habíais caído en ello.
Todos no pensamos como tú, pensé que ya habías caído en ello…–le respondió la Vehemente en un tono burlesco, le irritaba muchísimo los aires de prepotencia que reflejaba el Ingeniero gracias a su lógica.
Cierto, yo andaba preguntándome quien escribió este libro, pues sus dotes descriptivas y su lenguaje son bastante selectos. Las dos frases del principio me han dejado estupefacto.– dijo el Poeta.
A mi me alegra saber que son del bando de los buenos.– dijo el Anarco.
¿Del bando de los buenos? Perdona, pero tanto unos como otros causaron miles de muertes. No creo que hayan buenos o malos, más bien una lucha para ver quien tiene razón a golpe de metralla. No creo que sea la mejor forma de solucionar las cosas ¿sabes?– dijo el Sincero.
Sí, pero bajo mi punto de vista todo aquel que busca la libertad y se opone a la opresión es bueno.
¿Aunque para ello tenga que matar a todo el que se entrometa?– contraatacó el Sincero. El Anarco permaneció en silencio, hasta que finalmente y muy impacientada, la Vehemente rompió el silencio por última vez.
Bueno lee ya el segundo capitulo, que estoy ansiada por ver que les ocurre.
El Poeta reanudó la lectura en el segundo capítulo, el resto se quedó en silencio, disfrutando de cada palabra que resonaba en aquella habitación.
Continuará…

2 comentarios:

Ana dijo...

Mira, lo primero, a mí no me pongas estos símbolos porque cuando lo he visto por poco me da un soponcio pensando ¡¡que no podría leerlo!! Jejeje.
El relato me ha hecho un nudo en el estómago, el tema de la guerra civil me afecta mucho y la verdad, lo has descrito de una forma... ¡Los pelos de punta se me ponen!
Espero al segundo capítulo jeje
Un beso.

L . dijo...

A mí me ha encantado, ya lo sabes, has hecho que me emocione.
Y me encanta como ha quedado esto, muy chulo,ha costado, pero ha valido la pena, jeje.
Un besito fuerte! :)