29 mar. 2009

Dándole patadas a una abollada lata de cerveza...


Dándole patadas a una abollada lata de cerveza avanzaba cabizbajo un joven, maldiciendo la vida. Se sentía tan triste como el lúgubre ambiente que le rodeaba, su ciudad le asqueaba. Desde las alturas, la luna llena, le observaba expectante como un dios que observa desde las alturas con vanidad. Se preguntaba el porqué de tanta tristeza y caos a su alrededor. Sentía, apesadumbrado, como su fuerza se desvanecía en su eterna andadura hacia la felicidad y para tratar de reponer fuerzas alzó su mirada hacia el cielo en busca de la brillante luna. Con la cabeza bien alta la contempló impávidamente y sintió como los rayos del sol reflejados en la luna le llenaban de una sensación de bienestar que se remonta a los orígenes de la especie. Cerró los ojos durante unos segundos y prosiguió su marcha, cabizbajo. Las sirenas de policía mermaron de nuevo sus fuerzas, sabía que en ese entorno nunca dejaría de ser un perro callejero y soñaba con poder ser un lobo. De repente, un aullido hizo que levantase rápidamente la cabeza, la girase lentamente y admirase por encima del hombro lo que se escondía a sus espaldas. Entonces la vio. Ella estaba tensa, con la cabeza bien alta contemplando la luna con los ojos cerrados. La brisa azota su melena y una sonrisa de satisfacción cruza su cara. No había duda, era ella la que había aullado llamando su atención. Una sonrisa se dibuja en la cara del joven. El nombre de la joven, gritado al viento por el chico, hace silenciar el resto de sonidos de la noche. Se conocían, ella le dedicó su mejor mirada, el joven se acercó rápidamente y se situó ante ella. Ella volvió a sonreír, él le acarició la mejilla. Ella engalanó la magia del momento con su voz.
–Que alegría verte. Lo necesitaba.
–¿Sabes qué? Acabas de salvarme de mí mismo. Estaba a punto de mandar este mundo a la mierda.
–Opino lo mismo, este mundo prefabricado es un asco. Pero tiene sus cosas buenas…
–Ya lo creo, la luna, la brisa, tú. No necesito nada más en este mundo a parte de eso, bueno algo de comida tampoco estaría mal.– Ella sonrió y él se rascó la nuca mientras sonreía y miraba hacia otro lado, en señal de disculpa por la suma tontería.
–Bueno, tienes la luna, la brisa y a mí ¿Qué te parece si vamos a buscar algo de comida?
–Muy bien, invito yo.
–Vaya, que caballeroso.
Entre sonrisas, ambos se encaminaron hacia un puesto de comida rápida y pidieron un par de perritos calientes. A la hora de pagar, el joven empezó a palparse los bolsillos con cara de preocupación. Ella le preguntó qué era lo que sucedía y el joven, ruborizado, alegó:
–Me he dejado la cartera en casa…– a la joven se le escapó una risa burlona, lo cual hizo que el joven se sonrojase aun más.
–Anda que…menudo caballero estás hecho. Tranquilo, que la dama invita.– el joven sonrió y añadió.
–Mañana te devuelvo el dinero…– una mirada sería y desafiante por parte de la joven hizo que dejase de sentir vergüenza, para sentir miedo. Por suerte, en la cara sería de la joven se dibujo rápidamente una sonrisa.
–¿No te he dicho que invito yo? Mira para mí lo más importante de esta noche también es la luna, la brisa y tú, el dinero no me traerá la felicidad. Tú, en cambio, haces que siempre tenga una sonrisa de oreja a oreja.
– Bueno supongo que tú también necesitaras…
– Sí, también necesito comer– sonrió¬– con lo bonito que me había quedado, ya te vale.
La pareja prosiguió su andadura, felices. La joven, con una sonrisa en su preciada tez, preguntó al joven:
–¿Qué te parece si nos sentamos en ese portal?
El joven titubeó ante el aspecto tan poco romántico que estaba tomando la noche, pero finalmente aceptó. Tras terminarse los perritos, la chica empezó a sentir escalofríos debido al fresco viento de la noche.
El joven se levantó, se quitó la chaqueta y se la ofreció a la joven cual noble caballero de la edad media ante su dama, dado que el anterior intento había sido un fracaso. Ella sonrió y le preguntó si él no tendría frío. El joven negó con la cabeza pero ella sabía que no era cierto. Por eso nada más volverse a sentar ella le abrazó con fuerza, el joven también la abrazó fuertemente y ambos sintieron una sensación de bienestar inconfundible. Ahí estaban, dos personas que empezaban a enamorarse, dos almas que se adentraban en el agitado mar de la felicidad, dos almas bañadas por la luna. Fue entonces cuando el joven se dio cuenta de una cosa e informó a su acompañante de su descubrimiento:
–¿Te das cuenta? Aquí estamos, en una noche tan fría y tan calidos el uno con el otro, si esto no es la felicidad, ya no se donde buscarla.
La joven se sonrojó, miró al joven a los ojos durante unos segundos y acto seguido le besó y la felicidad creada por un par de gestos y acciones superó con creces la infelicidad de vivir encerrados en una jungla de hormigón y asfalto. La felicidad no se encuentra en lo que nos rodea, está dentro de nosotros y solo aquellos que consigan llegar dentro de nosotros lograrán hacernos felices... La luna se sonrojó al contemplar el apasionado beso y un aullido sentenció la noche…

3 comentarios:

L . dijo...

He editado el texto del Valle de los lobos... no sé si lo que he hecho era lo que querías decir...
El texto muy bonito... Ains...xD
Un beso.

Adrián dijo...

Preciosa obra tocayo ;)... He de reconocer que me he sentido identificado en algunos momentos... he disfrutado mucho con la lectura. Espero más de estas historias!!

Ana dijo...

^^ Precioso :) En algunos momentos parecía que era yo la que estaba ahí, siendo abrazada...
La felicidad tiene que ser eso, sin duda :)
Un beso.